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De bienes y males

Imaginen que un día se despiertan con la noticia de que se ganaron un premio. Cuando les hablan para darles la noticia (todo legal, no hay fraudes, no hay letra chiquita) les dicen que tienen dos opciones: que el premio sea de $1,000,000 o que sea de $2,000,000.

La decisión no parece tan complicada. Las dos opciones son buenas, y si toca elegir entre dos bienes, pues hay que elegir el mejor de ellos. En ese sentido la opción lógica es pedir los $2,000,000.

No tiene ciencia. No es difícil de entender. No deberían darle muchas vueltas. Si tienes que elegir entre dos cosas buenas, elige la mejor de ellas.

Bien.

Ahora imaginen que van por la calle y llevan $1,000 en la cartera / el bolso. De repente los rodean 15 asaltantes armados. Ustedes no tienen tiempo de reaccionar, no están armados, no son Chuck Norris, no pueden hacer una llamada telefónica ni pedir auxilio. Están a merced de los asaltantes. El líder de ellos les dice “tienes dos opciones: o te robo todo lo que traes, o te robo la mitad. Tú eliges”. En ese caso tampoco debería ser tan complejo: debes elegir de entre dos males, de entre dos cosas que no quieres, que te perjudican, que no son ideales. A nadie le gusta eso. Pero si estás en esa situación, pues la lógica dicta que es mejor pedir que te roben solo $500 a que te roben los $1,000. Claro, mejor no te hubieras metido al callejón, no debería haber asaltantes, ojalá hubiera estado ahí el FBI, te habría ido mejor si en vez de $1,000 llevas solo $200. Pero el caso es que ahí estabas con los $1,000 y que tenías que elegir entre dos males y, si eres sensato, vas a elegir el menos peor de los males.

Escribo estas líneas que me parecen groseramente obvias porque sigo leyendo, a menos de dos meses de las elecciones, que “no se trata de elegir al menos malo”.

Señoras, señores, señeres, SÍ. Sí se trata de elegir al menos malo. Menos malo es sinónimo de “mejor”. Siempre. Sea que el menú de opciones te parezca fabuloso o deleznable, sea que debas elegir entre bienes o entre males, da igual. Se debe evaluar las alternativas de mejor (o menos mala, que es lo mismo) a peor (o más mala, que es lo mismo), y a partir de ahí decidir.

Si alguien prende la televisión, pasea por los canales y las alternativas no le gustan, no está obligado a ver “lo menos peor”. Puede simplemente apagar la tele y abrir un libro, hablarle a un amigo, salir a pasear o perder el tiempo en las redes sociales. Ese alguien no tiene que ver algo que no le gusta si hay alternativas más allá de la tele.

Pero para el 6 de junio no es así.

Los partidos que ya existían antes de 2018 debieron haber postulado a mejores candidatos. Pero no lo hicieron.

Los partidos nuevos deberían tener propuestas frescas y perfiles ciudadanos valiosos. Pero no los tienen.

Debería haber otros partidos políticos que fueran el cauce adecuado de tus convicciones. Pero no los hay.

Pudo haber habido un gran número de candidatos independientes, emanados de la sociedad civil y libres de la partidocracia. Pero eso no pasó.

Aquí no le puedes hacer como en la tele, que simplemente la apagas y pasas el tiempo en otra cosa.

Los partidos que tienen al día de hoy registro nacional son los que estarán en la boleta el 6 de junio. Da igual si eso se te hace bueno o malo. No hay otros.

Los candidatos de mayoría relativa en tu distrito que esos partidos han registrado son los que estarán en el frente de la boleta el 6 de junio. Da igual si eso se te hace bueno o malo. No hay otros.

Los que están hoy en la lista de plurinominales son los que estarán en el reverso de la boleta el 6 de junio. Da igual si eso se te hace bueno o malo. No hay otros.

Entonces si crees que el 6 de junio no hay opciones muy buenas, te tengo una mala noticia: de ese menú saldrán tus legisladores. 

Te caiga bien o mal MORENA y sus partidos abiertamente satélites, estarán en la boleta.

Te caiga bien o mal PRI-PAN-PRD y la lógica detrás de su alianza opositora, estarán en la boleta.

Te caiga bien o mal Movimiento Ciudadano y la lógica de no estar en la alianza opositora, estará en la boleta.

Es lo que hay. No hay más. 

“Momento. Estás equivocado. Claro que tengo otra opción: puedo ir a anular mi voto, o no presentarme a votar, o votar por Pedro Infante dado que Pedrito no está muerto”. Pues no. Error. Claro que puedes hacer todo lo anterior. Es tu derecho. Si crees que ninguno de los que está merece tu voto y no quieres votar por el mal menor, pues hazlo.

¿Pero qué crees?

Que si tú y millones más anulan su voto, de todos modos quedan los que están ahora en la boleta.

Que si tú y millones más no van a votar, de todos modos quedan los que están ahora en la boleta.

Que si tú y millones más votan por Pedro Infante o por la mamá de Luis Miguel, de todos modos quedan los que están ahora en la boleta.

Si de verdad quieres escapar a ese destino, no lo logras anulando o con abstención. Lo logras dejando de vivir en México. Ahí sí te libras de las consecuencias de que de las opciones actuales salgan los diputados federales y locales.

Pero si no vas a emigrar, entonces vete haciendo a la idea de que del menú actual saldrán los diputados federales, locales, alcaldes y (en varios estados) gobernadores. Te gusten las alternativas o no.

Si me preguntan mi opinión, el escenario menos peor en la Cámara de Diputados y los congresos locales es que MORENA y satélites no tengan mayoría.

Y dada esa premisa, el menos peor de los votos es por la alianza opositora.

“¿Estás diciendo que esos tres partidos son buenos, honestos, ya se te olvidaron sus transas, qué no viste que postularon a los mismos de siempre?”. No. No estoy diciendo eso. No son óptimos, no son buenos, no son fabulosos, no son honestos, no siempre cada legislador de esos partidos ha votado contra las peores aberraciones de la 4T. Lo sé.

Pero si un día me asaltan y me dan la opción de que me roben todo o solo la mitad, voy a elegir lo segundo. No porque me guste que me quiten mi dinero. Sino porque me queda muy claro que si se tiene que elegir entre males, hay que elegir el mal menor.

Ya el 7 de junio vemos si se puede construir un par de buenas opciones para el 2024. Que los partidos presenten mejores perfiles, y que varios independientes empiecen a anunciar sus proyectos políticos. Ojalá el 2024 sea un año en el que podamos elegir entre 3 o 4 excelentes opciones.

En 2021 no será el caso.

Elijamos entre lo que hay. 

Vitamina L

Primer acto

En un planeta remoto, los habitantes de un país necesitaban consumir todos los días Vitamina L. Como parecía algo complejo e importante, el gobierno se quiso hacer cargo tanto de la producción como la distribución de la vitamina.

Entonces empezó a hacer plantas de Vitamina L utilizando las tres técnicas conocidas hasta entonces, y puso el precio de la Vitamina en $15 el frasco.

Dado que la población iba creciendo cada vez más, la demanda por Vitamina L (en adelante, VL) se fue haciendo cada vez mayor. Las plantas no se daban abasto, y además los costos de producción andaban sobre $15 el frasco (de repente hasta un poco más arriba). Dado que vender en $15 lo que produces en $15 no es un gran negocio, las plantas se fueron haciendo viejas, y no había recursos para hacer plantas con las nuevas tecnologías que podían llegar a ser más baratas.

Entonces alguien en el gobierno de ese país, en ese planeta remoto, tuvo una idea.

Segundo acto

La idea fue dejarle al gobierno la distribución de toda la vitamina a $15 (para evitar abusos), pero darle a los inversionistas privados la opción de construir sus propias plantas. Para el gobierno la decisión era ganar-ganar-ganar-ganar.

Ganaban porque se iba a detonar la inversión en nuevas plantas con cero riesgo para el gobierno. El inversionista compraba terrenos, contrataba gente, pagaba tecnología, compraba materiales de construcción, todo, bajo su propio riesgo. Si sus costos de producción terminaban siendo superiores a los de las plantas del gobierno, este no les compraba nada. Incluso aunque fueran más baratos que el gobierno, si la Planta Privada A era más cara que la Planta Privada B, entonces se le compraba a B.

Ganaban porque los privados podían entrar en nuevas tecnologías para producir la Vitamina L. De ese modo podría producirse más barato, y con menor huella ecológica.

Ganaban porque si los privados vendían la VL en $4, el gobierno de todos modos la vendía a $15. En vez de salir tablas o perderle un poquito, pasaban a ganar $11 por frasco, con inversión cero y riesgo cero.

Ganaban porque mientras más plantas privadas hubiera, con más diversidad de tecnología, y mayor cobertura del territorio nacional, la probabilidad de que todas esas plantas más las que conservaba el gobierno fallaran al mismo tiempo era muy remota, y ciertamente mucho menos probable a si solo había plantas del gobierno.

Por último, si al gobierno le interesaba mejorar la capacidad productiva de sus propias plantas, ahora tendría una excelente manera de hacerlo: reinvirtiendo las utilidades que les dejaba comprar a $4 lo que venderían a $15.

Había desde luego un asunto a considerar: la corrupción. ¿Qué tal que una de las plantas la hacía el compadre del gobernante, y se le diera un contrato de compra de VL a $25 el frasco? De ese modo la empresa del gobierno perdería mucho dinero, y los demás inversionistas se molestarían dado que sus plantas no recibirían contratos aunque fueran más baratas.

Entonces llegaron a una idea que parecía muy sensata: hacer subastas. “En el norte del país necesito para mañana 100,000 frascos. Se los compro a quien me los dé más baratos, no me importa si viene de plantas de la empresa del gobierno o de la del compadre o de una trasnacional o de una PYME. Voy a comprar de más barato a más caro hasta satisfacer los 100,000 frascos. Y luego hago lo mismo en el sur, el este y el oeste (el centro no porque el país tenía forma de Dona Bimbo, con el cariño de siempre. Pauta publicitaria pagada por el Osito Bimbo)”.

De ese modo, si por cualquier razón en una región determinada en una fecha específica las plantas del gobierno tenían mejores precios, se les compraba a ellos y no a privados. Si la opción más barata era una planta privada, luego una pública, luego otra pública y luego otra privada, se les compraba en ese orden hasta juntar la demanda necesaria. A medida que la mejor opción fuera la privada, se generaba una utilidad mayor en la empresa gubernamental con respecto a si se les hubiera comprado a sus propias plantas.

Esto se implementó en el país y sí: había más vitamina, hecha por más plantas diferentes, utilizando tecnologías diferentes entre ellas, más amigables con el medio ambiente, y a un precio mucho más barato.

Esta situación siguió así hasta que hubo un cambio en el gobierno.

Tercer acto

Al nuevo gobierno la situación no le gustó.

“Es que se privatizaron las plantas de Vitamina L”, dijeron. Sin embargo eso no era cierto. Todas las plantas que eran del gobierno, todas, seguían siendo del gobierno.

“Es que se le da prioridad a las plantas privadas”, dijeron. Sin embargo eso no era cierto. Se le daba prioridad a las que vendían más barato. Si muchas de ellas eran privadas significaba que podían entregar su producto a mejor precio que el gobierno.

“Es que con eso están descapitalizando a las plantas del gobierno”, dijeron. Sin embargo eso no era cierto. Si la empresa del gobierno vendía a $15 lo que producía a $15, estaba viviendo al día. Y cuando esa empresa del gobierno empezó a comprar en $4 lo que vendía a $15, se quedó con $11 por frasco. Y las ventas de frascos se contaban en millones cada día.

“Es que con esto nos ponemos en manos de las empresas privadas”, dijeron. Sin embargo no era cierto. Las plantas del gobierno seguían funcionando exactamente igual. Si una empresa privada se quería pasar de lanza y vender a $18, pues tan simple como que el gobierno mediante la subasta le compra a $15 a las plantas del gobierno. Además, con las utilidades que estaban obteniendo por comprar más barato, daba para que el gobierno pudiera construir muchas más plantas.

Ante tantos buenos argumentos a favor de continuar con la inversión privada usando el método de subastas para seguir entregando toda la VL necesaria, comprando a mejores precios, a muchas plantas diferentes que usan tecnologías diferentes, el gobierno decidió continuar con ese proceso.

No, es broma. El gobierno decidió revertir el proceso, dejar de comprar al que vende a $4 el frasco usando tecnología amigable con el medio ambiente, y empezar a comprar a sus propias plantas, sumamente contaminantes y obsoletas, a $17 el frasco.

Esta es la Reforma Energética explicada con frasquitos. La Vitamina L es la energía eléctrica, y estamos viendo en tiempo real cómo se pretende dejar atrás el método de comprarle al más barato y que usa energías renovables, para regresar a comprarle al caro y contaminante. Además, la empresa que produce la energía cara y contaminante es dirigida por el político más perverso de los últimos sesenta años, Manuel Bartlett.

La 4T va.

Amigos, dense cuenta

Imaginen que una familia sale a un paseo. Salen temprano en su auto, van a desayunar, luego pasan por un café. Continúan hasta un parque, donde los niños juegan durante un par de horas. Luego van a una carretera escénica y se estacionan en un mirador para que la señora tome fotos y todos paseen por el bosque. Continúan su camino hasta llegar a comer a un restaurante que le gusta mucho a toda la familia.

Ahora imaginen a dos personas opinando de estos hechos.

Uno dice “qué mañana tan agradable. La familia tuvo un bonito día de paseo”.

Pero otro dice “qué cosa tan terrible. No entiendo nada de lo que está pasando. Entre la salida de casa a las 8am y la llegada al restaurante a las 2pm pasaron seis horas en los que recorrieron solo 24 kilómetros. Eso da una velocidad promedio de 4 kilómetros por hora, que en una carrera de autos es pésima. Esa familia lo está haciendo muy mal”.

¿Qué tendríamos ahí? Que la segunda persona, a pesar de tener todos los datos frente a ella, no logra entender lo que hizo la familia porque asume que su objetivo era llegar lo más rápido posible del punto A, la casa, al punto B, el restaurante. Si le explicamos a esa persona que en realidad querían pasar un lindo día familiar y no romper records de velocidad, todo empezará a tener sentido.

Pues justo eso es lo que está pasando con muchos analistas en México. Ejemplos hay varios.

“No entiendo a ALMO. Si él quiere que la economía progrese, ¿por qué canceló el aeropuerto / no apoyó a los empresarios en la pandemia / se metió en el problema de los gasoductos / elogia a la economía de trapiche / le complica la vida al sector productivo / canceló la cervecera de Mexicali / tiene gente inútil en PEMEX / cambia las reglas para la inversión en energías renovables / hace obras faraónicas que serán un tiradero de dinero / prefiere que CFE compre energía cara y contaminante / está obsesionado con las carreteras hechas a mano?”.

“No entiendo a ALMO. Si él quiere que el sistema de salud mejore, ¿por qué destruyó a las distribuidoras de medicamentos / deja a los niños con cáncer sin quimios / puso a Attolini en un puesto en el IMSS / destruye al Seguro Popular / tiene tanto subejercicio en el sector salud / no sustituyó el Seguro de Enfermedades Catastróficas / puso al frente del INSABI a un absoluto inepto / dijo que para darle dinero a Salud iba a rifar el avión?”.

“No entiendo a ALMO. Si él quiere un país más transparente y con menos corrupción, ¿por qué mantiene en su puesto a Bartlett (Zoé, Virgilia Eréndira, Guadiana, Salgado Macedonio, Ana Guevara) / le da impunidad a Pío (Felipa, su cuñada de Macuspana) / quiere desaparecer al INAI / pone en instituciones autónomas a incondicionales sin conocimiento / destruye fidecomisos / su gobierno es cuatro veces más opaco que el de EPN / da más porcentaje de contratos por adjudicación directa que sus antecesores?”.

“No entiendo a ALMO. Si él quiere controlar la pandemia, ¿por qué minimizó desde el principio todo el tema / desdeñó el uso del cubrebocas sin escuchar a científicos solo por odio a Felipe Calderón / deja a López-Gatell que ha sido un desastre / miente en el plan de vacunación / hace discursos triunfalistas desde hace más de 100,000 muertos / dice que va a darle vacunas a otros países mientras en México mueren por racimos / prefiere vacunar a los Servidores de la Nación que a personal de hospitales públicos y privados / quiere empezar a vacunar en localidades apartadas y no en las zonas densamente pobladas donde la pandemia está mucho más activa?”.

Y así podemos seguir y seguir. En temas de seguridad pública. Su relación tan tersa con Trump y tan áspera con Biden. Comprar pleito con Estados Unidos. Decir que Cienfuegos siempre sí y luego siempre no.

Aristegui dice que desaparecer al INAI es pésima idea. ¿Lo es?


Warkentin dice que no tiene sentido su plan de vacunación. ¿No lo tiene?

Leo muy seguido “en este tema se está equivocando ALMO y no lo entiendo”. ¿Todavía no le entienden?

Amigos, dense cuenta.

¿Recuerdan de la persona que no entendía lo que hizo la familia porque asumía que estaban en una carrera de velocidad, entonces nada parecía tener lógica?

Eso es lo que está pasando a nivel nacional.

Imaginen que a ALMO no le interesa fortalecer la economía de los mexicanos, sino acumular poder. ¿Tiene ahora sentido todo lo que está haciendo?

Imaginen que a ALMO no le interesa contener la pandemia, o que bajen los asesinatos, o combatir al narco, o mejorar el sistema de salud, o tener organismos autónomos fuertes, sino acumular poder. ¿Tiene ahora sentido todo lo que está haciendo?

Si no entiendes alguna política de ALMO porque no es acorde con la mejoría del país, piensa si SÍ es acorde con su acumulación de poder. ¿Ahora sí tiene sentido?

Nunca había que darle el beneficio de la duda a un priista setentero como ALMO. Desgraciadamente 30 millones de personas lo hicieron, y ni hablar.

Lo que no tiene justificación es que a 19 de enero de 2021 haya quien piense que a ALMO le importa tu empleo, tu salud, tu seguridad, tu bienestar durante la pandemia.

No.

A ALMO le interesa lo que le permita concentrar poder. Sentir que él manda. Que para que algo se mueva en México se le tenga que pedir su permiso.

Piensen en todas las cosas “que no entienden” sobre decisiones de ALMO basados en esta hipótesis de concentración de poder como eje de las decisiones en este gobierno.

¿Ven cómo ahora todo encaja en el rompecabezas?

Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores

Imaginen un lugar en donde unos campesinos siembran algún tipo de vegetales, y los habitantes de las ciudades los compran porque saben bien en ensaladas.

Imaginen que el precio de esos vegetales es de $30 el kilo en un momento dado.

De repente un año el precio se va a $35, porque hubo mal clima. Entonces hubo menos producción y subió el precio. Al año siguiente el precio bajó a $25 porque sucedió lo opuesto y los campesinos produjeron mucho más de lo habitual.

Todo iba marchando más o menos de esa manera hasta que llegó El Gobierno Bueno. Ese Gobierno Bueno no era de permitir que los precios los determinara el mercado, no señor. El Gobierno Bueno estaba a favor de ayudar al pueblo bueno, porque en ese lugar todo era bondad digna de Cartilla Moral.

“¿Trabajar de sol a sol, estar horas agachado pizcando los vegetales, para que nuestros campesinos buenos reciban en promedio solo $30 el kilo por sus vegetales? No, señor. Eso lo hacían los Gobiernos Malos y dónde estabas cuando y callaste como momia”, dijeron los voceros del Gobierno Bueno. A partir de ahora el precio será de $200. Claro que es justo: eso permite que los campesinos ganen más. ¿O qué, quieres matarlos de hambre, maldito facho?”.

Entonces el Gobierno Bueno quiso ayudar a los campesinos buenos con un precio bueno de $200.

Qué bueno que ahora sí el Gobierno Bueno ve por los pobres.

Pero pasan algunos meses y la situación no va TAN bien. Sí, el precio del vegetal es ahora de $200 y los campesinos le ganan mucho.

O le ganarían, si vendieran.

Porque el 99% de los que compraban ese vegetal a $30 pesos ya no lo compran ahora que vale $200. Sí, el vegetal sabía muy bien con limón y Tajín, pero casi nadie quiso pagar 600% más. Empezaron a comprar algunos productos sustitutos como la jícama o la zanahoria, que más o menos saben igual y tienen las mismas proteínas y minerales.

Fracasó el proyecto del Gobierno Bueno. Quiso ayudar a los campesinos buenos, a diferencia de los Gobiernos Malos. Pero a los campesinos les iba peor. Parece que era mejor negocio vender 100 kilos de producción a $30 que vender 50 gramos a $200 y que se pudriera lo demás.

Quién lo hubiera dicho.

Entonces el Gobierno Bueno se puso a arreglar otro problema, esta vez del lado de los compradores. Y es que tampoco iba bien la economía en general y los sueldos de las familias no eran buenos y encima pagar mucho por los vegetales, pues no. Los gobiernos malos exprimían a las familias buenas, pero eso ya no iba a pasar más. Entonces salió un decreto, porque el Gobierno Bueno creía que las cosas se resolvían por decreto.

“Para favorecer a las familias buenas, ahora el precio de ese vegetal será de $3. Imaginen, con el Gobierno Malo si tenías $300 te alcanzaba para 10 kilos solamente de vegetal. Pero ahora con el nuevo precio de $3 ya te alcanza para 100 kilos. Gracias a este decreto se multiplicó por 10 el poder adquisitivo de las familias buenas”.

La gente no cabía en sí de alegría. Por fin eran escuchados desde el Gobierno Bueno. Seguirían llevando sus mismos $30 para vegetales, pero regresarían con 10 kilos en vez de uno. Hasta podrían regalarle vegetales a los vecinos. Qué maravilla. Todos a comprar.

Y llegaron a comprar muy felices.

Pero no había de ese vegetal.

Porque los campesinos no iban a partirse el lomo durante toda la temporada agrícola para vender su producto a $3. Entonces mejor sembraron elotito, trigo o cualquier otra cosa. Pero no ese vegetal de $3.

“Era mejor cuando costaban $30. Al menos había y podías comprarlos de repente. Ahora que cuestan según esto $3, la verdad es que no existen. Era mejor la situación anterior…”.

Tras esos dos descalabros del Gobierno Bueno, la gente estaba confundida. “¿A poco los precios en un mercado con competencia, con libre producción, bajas barreras de entrada y presencia de productos sustitutos son algo más que números arbitrarios impuestos por el gran capital? ¿A poco son mecanismos que dependen de la participación de miles de productores y millones de consumidores, que equilibran la cantidad entre lo que los campesinos están dispuestos a producir con el que las familias están dispuestas a comprar?”, se preguntaban.

“Sí”, les dijo uno que ya había entendido.

“No podía saberse”, dijo el Gobierno Bueno. “No es culpa de nadie”, dijeron sus porristas. “Nosotros no votamos por esto”, dijeron sus facilitadores.

“En realidad sí habían votado por eso”, dijo el narrador con voz de Enrique Rocha.

“¿Quién lo hubiera dicho?”, preguntaban sorprendidos.

Pues lo hubiera dicho, y en realidad lo dijeron, cualquiera que hubiera tomado el curso más elemental de Microeconomía Básica.

Claro, no todos tienen acceso a ese tipo de cursos. ¿Quién más lo habría podido decir? Quien haya vivido en tiempos de Echeverría y López Portillo. Quien haya visto la recurrente situación con los populismos latinoamericanos. Quien haya visto lo que pasó en Venezuela desde que llegó Hugo Chávez.

Back to the future, ahora tenemos al Gobierno Bueno de México decretando incrementos importantes del salario mínimo. Y tenemos a muchas personas aplaudiendo que las cosas van a mejorar por decreto.

Pero ya a estas alturas deberíamos saber que no es así.

Un salario mínimo más alto no va a causar inflación, es cierto. Porque el salario promedio es mucho mayor. Pero por esa misma razón va a beneficiar a muy pocos.

Habrá quien diga “pues con que ayude a 100 nada más es suficiente”. De entrada suena bonito ayudar a ese pequeño grupo. Claro.

El problema es a costa de quién queremos beneficiar a esos 100. A quién le estamos cargando la mano. ¿Es a las empresas más grandes de México, esas empresas que tienen decenas de miles de empleados y venden miles de millones de pesos al año? ¿A poco estoy diciendo que esas empresas van a sufrir por pagarle un poco más a unos pocos?

No. Para nada.

Pero las microempresas sí. Esos changarros formales que son propiedad de personas que arriesgaron capital y tranquilidad para emprender, y a quien este gobierno ha tratado de la peor manera posible. Ese microempresario que sabe que en todo el mundo se apoyó a negocios como el suyo, y que en México ni las gracias le dieron. Ese al que no le permitieron diferir el pago de impuestos, al que lo obligaron a cerrar por meses sin indemnización, a quien el SAT está cazando inmisericordemente, al que la CFE puntualmente le envió recibos cada vez más caros con amenaza de corte. Es a ese microempresario al que le están cargando la mano para cubrir con el incremento del salario mínimo.

Y muchos no van a poder.

Y van a cerrar. O se van a ir a la informalidad.

Y varios empleados que ganaban $100, y ahora por decreto cobrarían $115, pues se quedarán sin chamba.

Ese empleado bueno va a ver que estaba mejor CON trabajo de $100 que SIN trabajo de $115.

Porque cuando por decreto el Gobierno Bueno aumenta en ese monto el salario mínimo, en medio de la mayor recesión económica desde 1932, que a muchas empresas las tomará en semáforo rojo, lo que está haciendo es condenarlas a cerrar o a pasar a la informalidad.

Y ese empleado bueno al que querían ayudar acabará peor. Es que la película la hemos visto muchas veces en Latinoamérica. Pero parece que es como Los Simpson: aunque la hayamos visto muchas veces, siempre podemos ver otra vez los capítulos. Ya lo dijo José Alfredo en el fragmento de canción que da título a estas líneas.

“Bueno”, dirán los que apoyan estas medidas porque odian a los empresarios grandes, “pero esto como quiera en algo afectará a los billonarios FORBES y al menos les quitamos algo y lo repartimos a los de abajo”.

Pero resulta que no están tomando en cuenta algo: México es un país intensivo en mano de obra porque los sueldos son bajos. Es decir, un restaurante mexicano tiene muchos más empleados que otro equivalente en Estados Unidos o Europa. ¿Pero qué pasa a medida que aumentan los salarios? Pues que van automatizando, optimizando, cambiando procesos. Y en vez de la seño que gana salario mínimo en la recepción pones un conmutador. En vez del que gana salario mínimo en el restaurante de comida rápida pones una máquina que tome órdenes. En vez de que haya un regimiento de meseros y garroteros pues que a cada uno le toquen 8 mesas en vez de 6. En vez del empleado en el punto de servicio en alguna plaza comercial, que sea vía la app.

Y es que los empresarios grandes tienen los recursos para hacer las inversiones necesarias para prescindir del personal que dé menor valor agregado. En algunos casos no las hacen porque el salario mínimo está en $100 y para qué le mueves. Pero si está en $115 es más probable que lo hagan. Y en $130 aún más. ¿Y en $145? Puedes apostar que lo van a hacer. Pagarán buenos sueldos a personas preparadas de consultoría para que optimicen la operación de su empresa y prescindan de las personas que menos aportan, pero que proporcionalmente cada vez cobran más.

Entonces los incrementos de salarios mínimos claro que ayudarán a mejorar los salarios promedio. Pero de los que tienen MBA en universidades gringas y son expertos en reingenierías que dejen sin trabajo a los trabajadores de abajo que serán cada vez más caros.

¿Cuál es entonces la salida? ¿Cómo mejoramos los salarios promedio? ¿Cómo hacemos irrelevante el tema del salario mínimo? Ya lo comenté más ampliamente en un artículo anterior. Pero va de nuevo de forma breve: si hoy hay 10 empresas en una actividad X en la región Y, los sueldos subirán de manera importante cuando en esa actividad X en la región Y haya 30 empresas. Para eso se necesita hacer justo lo contrario a lo que este Gobierno Bueno está haciendo.

Por eso, como no están haciendo la tarea que hay que hacer para lograr buenas calificaciones, quieren decretar que son un Gobierno Bueno.

No lo son.

De empresarios maratonistas

Imaginen ustedes que ven en un comentario de Facebook, una foto de INSTAGRAM, una bio de Twitter o en un chat de Whatsapp que alguien pone “3 veces IRONMAN, 19 veces maratonista, 2:54 mi mejor tiempo” ¿Cuáles suelen ser las reacciones? “Wow, muy bien”, “qué orgullo”, “eres una inspiración”.

Y sí, correr es un excelente ejercicio y para lograr terminar 19 maratones se necesita mucha disciplina, esfuerzo, mentalidad, foco, entrenamiento.

Ahora imaginen que esa misma persona (o cualquier otra, da igual) publica algo del estilo de “empecé con una taquería en un carrito afuera de mi casa, hoy tengo ya una cadena de 20. Doy empleo a 250 personas, mis utilidades netas el año pasado fueron de $18,000,000 y estoy muy contento porque me compré un Ferrari”. ¿Qué reacciones tendría esa publicación? “Pinche mamón”, “pégame por preguntón”, “habiendo tanto pobre y tú presumes tu carrazo”, “qué mal gusto la ostentación”.

Es curioso. Desde luego que tiene muchísimo mérito terminar un IRONMAN. Pero no menos mérito es progresar económicamente. Sí, hacer ejercicio mejora mucho tu salud, y qué bueno. Pero generar 250 empleos le cambia la vida a igual número de familias. Para tener utilidad neta hay que pagar impuestos, con lo que compartes tus utilidades con los demás (o eso pasaría si el gobierno hiciera buen uso de ellos, pero ese es otro tema). La compra del Ferrari puso contento al concesionario y más contento todavía al vendedor. Además, una cadena de taquerías vende tacos y los tacos son fuente de felicidad.

Hay muchas razones para sostener que le hace mucho más bien a la comunidad en su conjunto un empresario exitoso que genera empleos, paga impuestos y nos provee de tacos que un corredor, que no beneficia en la misma medida a los demás. Sin embargo, ¿a quién considera la sociedad egoísta, malo, sospechoso? Al empresario. En mayor o menor medida esto pasa en todo el mundo, pero en países latinoamericanos pasa mucho más. En México en general esa es la idea dominante, y del 2018 para acá eso se ha recrudecido.

Imaginen que pudiéramos pedir un deseo: que aparecieran en México mañana 10,000 empresarios que dieran cada uno 250 empleos, o que aparecieran 10,000 nuevos maratonistas. Creo que es obvio que lo primero sería más benéfico para la sociedad en su conjunto. Pero no es eso lo que en general se fomenta, no es lo que se ve bien, no es lo que se aplaude.

Las generaciones de niños más pobres de México, los de Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, llevan 40 años estudiando con maestros CNTE (cuando los maestros CNTE se dignan a dar clases). ¿Qué tan probable es que de ahí salgan muchos con ganas de emprender negocios formales, de arriesgar, de crecer, de dar empleo, de pagar renta, de pagar a proveedores, de pagar impuestos, de pagar contribuciones sociales y de todo lo demás que implica tener una empresa para, después de hacer todo eso, quedarse con el remanente, es decir las utilidades, para que su familia y ellos mismos disfruten de ellas? La CNTE ODIA a los empresarios en general. Con una concepción marxista de la economía, incluso ese que empezó con un solo puestito de tacos y hoy tiene una cadena es un explotador. Haga lo que haga, trate como trate a los empleados, les pague lo que les pague, intrínsecamente es una persona mala. Desde luego que la CNTE agrava todo en donde más se necesita tener espíritu emprendedor. Pero en general el resto de México es igual, con contadas excepciones (en Monterrey, en León, en Cancún, por poner algunos ejemplos, una mayor proporción de la sociedad ve bien a los empresarios).

¿Quieren una comprobación adicional de lo que les comento?

Platiquen esto con alguien más. Digan que una persona es IRONMAN y triatleta y corre maratones. Así sin más. ¿Qué tan probable es que le pongan una objeción? Muy pocas.

Ahora digan que esa misma persona es empresaria, el año pasado ganó varios millones y se compró un Ferrari. Les garantizo una retahíla de “ha de ser prestanombres empresario corrupto amigo de qué diputado será lavador de dinero no paga impuestos claro pagando sueldos de miseria empresario trinquetero puro outsourcing ha de ser no da kilos de a kilo si es mujer con quien se acostó para lograrlo claro con papá rico yo también me hago empresario”.

No quiere decir que no haya empresarios corruptos. Claro que los hay. Pero también hay corredores corruptos. El ejemplo más famoso tal vez es Roberto Madrazo, que en vez de número de corredor debió portar en el pecho las placas del taxi que lo llevó hasta la meta. En el Maratón de Ciudad de México por ejemplo han descalificado por tramposos a casi el 20% de los que supuestamente terminaron la carrera. Eso es un porcentaje altísimo. Quiere decir que en promedio podríamos desconfiar de 1 de cada 5 personas que presuman logros atléticos importantes.

Sin embargo no lo hacemos. Si alguien pone que corre y hace maratones y hace muchos kilómetros en bicicleta y terminó el IRONMAN, de entrada se la damos por buena. Lo puede presumir en redes y tendrá aplausos. No tiene que justificar “pero yo sí corrí de verdad, ¿eh?”. Tiene la ventaja de que correr es bien visto. Y qué bueno que lo sea. Y qué bueno que no desconfiemos en automático de un maratonista porque hay maratonistas tramposos.

Pero si alguien pone que creció su negocio y generó muchos empleos y gana mucho dinero y lo gasta en lo que se le antoje de entrada NO se la damos por buena. No lo puede comentar en redes, y si lo hace recibirá abucheos. Va a tener que justificar que sí paga impuestos, que su lana no es de contratos con el gobierno, que no es prestanombres de alguien, que paga sueldos y prestaciones de ley, y que le entrega a sus clientes el bien o servicio por el que le pagaron. Tiene la desventaja de que ser empresario está mal visto. Y qué malo que lo sea. Y qué malo que desconfiemos en automático de un empresario porque hay empresarios tramposos.